miércoles, 30 de septiembre de 2009

Firmeza es el Señor para su pueblo, defensa y salvación para sus fieles. Sálvanos, Señor, vela sobre nosotros y guíanos siempre.


JMS Con todo el corazón te estoy buscando, de tu ley no permitas que me aleje.
Enséñame, Señor, a gustar tus mandamientos.
Bendito eres, Señor, enséñale a tu siervo lo que ordenas.
Enséñame, Señor, a gustar tus mandamientos.


Querido hermano: Permanece firme en lo que has aprendido y se te ha confiado, pues bien sabes de quiénes lo aprendiste y desde tu infancia estás familiarizado con la Sagrada Escritura, la cual puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.
Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena
.
san Pablo a Timoteo 3, 14-17

Evangelio del dia 30 de Septiembre

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, alguien le dijo:
"Te seguiré adondequiera que vayas".
Jesús le respondió:
"Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza".
A otro, Jesús le dijo:
"Sígueme".
Pero él le respondió:
"Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre".
Jesús le replicó:
"Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve y anuncia el Reino de Dios".
Otro le dijo:
"Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme de mi familia".
Jesús le contestó:
"El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios".

Lucas 9, 57-62


Jesús pide a sus discípulos, a todos, un desasimiento habitual: la costumbre firme de estar por encima de las cosas que necesariamente hemos de usar, sin que nos sintamos atados por ellas. Para quienes hemos sido llamados a permanecer en medio del mundo, mantener el corazón desprendido de los bienes materiales requiere una atención constante, sobre todo en un momento en que el deseo de poseer y de gustar de todo lo que apetece a los sentidos se muestra como un afán desmedido y, para muchos –da esa impresión–, el fin principal de la vida Cfr. Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 63 .

Vivir la pobreza que Cristo pide a los suyos requiere un gran desprendimiento interior: en el deseo, en el pensamiento, en la imaginación; exige vivir con el mismo espíritu del Señor. Cfr, San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, III,

Una de las primeras manifestaciones de la pobreza evangélica es utilizar los bienes como medios, no como fines en sí mismos; y, al considerar esta enseñanza concreta del Maestro, pedimos al Señor no dejarnos llevar por el deseo desmedido de tener más, de aparentar, de poner en ellos la seguridad de la vida. Los medios materiales son bienes cuando se utilizan para un fin superior: sostener la familia, educar a los hijos, adquirir una mayor cultura en provecho de la sociedad, ayudar a obras de apostolado y a quienes están más necesitados...

La Virgen Santa María nos ayudará a llevar a la práctica, de verdad, este consejo: “No pongas el corazón en nada caduco: imita a Cristo, que se hizo pobre por nosotros, y no tenía dónde reclinar su cabeza."

El hombre que conoce el sufrimiento

Aludiendo a su entrada en la Orden capuchina, escribió en noviembre de 1922: «Oh Dios, (...) hasta ahora habías encomendado a tu hijo una misión grandísima. Misión que sólo era conocida por ti y por mí... Oh Dios, (...) escucho en mi interior una voz que asiduamente me dice: santifícate y santifica» (Epist. III, 1010). Santificarse en sentido moral, pero también en sentido sacrificial. Sacrifícate por la santificación y la salvación de las almas. Así pues, tenía conciencia de haber sido elegido por Dios para colaborar en la obra redentora de Cristo, a través del amor y la cruz.

Crucificado con Cristo, ya no era él quien vivía; era Cristo quien vivía en él, como sucedió con el apóstol san Pablo (cf. Gál 2,19). El padre Pío eligió la cruz, pues estaba convencido de que toda su vida, al igual que la del Maestro, sería «un martirio». En el mes de junio de 1913, escribía al padre Benedetto, su director espiritual: «El Señor me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida futura no será más que un martirio» (Epist. I, 368).

Con todo, es preciso tener presente que esta visión tan clara de su incierto y tormentoso futuro ni le preocupaba ni le desalentaba. Más aún, en lo más íntimo de su alma, se alegraba vivamente de haber sido llamado a cooperar en la salvación de las almas con el sufrimiento, que cobra su valor y eficacia de la participación real en la cruz de Jesús (cf. ib., 303).

Por eso, el padre Pío aceptaba de buen grado y con alegría todos los dolores del cuerpo y del alma que el Señor le enviaba; y en su corazón escuchaba cada vez con mayor insistencia la voz de Dios que lo llamaba al sacrificio y a la inmolación por los hermanos (cf. ib., 328 ss).

Probablemente, la mayoría de la gente no conoce mucho este aspecto, entre otras razones porque se habla poco de ello. Del padre Pío se subrayan otras cosas, más fáciles de comprender y de aceptar. Pero, si a la vida y a la espiritualidad del padre Pío se le quita la realidad de la cruz, su santidad se desvirtúa. La cruz no como episodio, sino como actitud de vida, porque vivió toda su existencia a la sombra de la cruz para la gloria de Dios, la santificación personal y la salvación de los hermanos. Todo lo hizo siempre siguiendo el ejemplo del Maestro, Cristo, el cual aceptó libremente y con amor la voluntad del Padre: «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. (...) Entonces dije: Heme aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10,5-7).

Las dos biografías más significativas6 del padre Pío, la del padre Fernando da Riese Pío X y la de Alessandro da Ripabottoni, tienen como subtítulo, respectivamente, crucificado sin cruz y el cirineo de todos. De esa forma quieren subrayar el aspecto esencial de su espiritualidad. De hecho, el padre Pío, de 1910 a 1968 vivió crucificado y llevó su cruz y la de la humanidad doliente, que a él acudía, siguiendo el ejemplo de Cristo.

En marzo de 1948, escribe a una carmelita descalza: «Un día, cuando podamos ver la luz del pleno mediodía, entonces conoceremos qué valor, qué tesoros han sido los sufrimientos terrenos, que nos habrán hecho ganar méritos para la patria que no tendrá fin. De las almas generosas y enamoradas de Dios él espera los heroísmos y la fidelidad en ellos para llegar, después de la subida al Calvario, al Tabor».

Son palabras que entrañan, en síntesis, la orientación de un programa de espiritualidad centrado en el misterio de la pasión y muerte de Jesús, y aprendido de él y enseñado «en la escuela del dolor», «del sacrificio» y «de la cruz, en la que nuestras almas sólo pueden santificarse», como repite con frecuencia en su Epistolario.

Es verdad que hoy los hombres no logran comprender cómo un Dios que se dice bueno y padre permite tanto sufrimiento, incluso a personas inocentes. Por doquier se advierte la falta de sensibilidad espiritual para entender cuán necesario es reparar el mal y expiarlo.

El misterio de la cruz en la vida del cristiano, al igual que en la de Cristo, tiene una importancia decisiva, trascendente e insustituible. El discípulo no puede seguir otro camino que el propuesto por el Maestro, ni puede aceptar otra norma de vida que la que proclama Cristo mismo. El Maestro sabía muy bien que su norma no sería fácil ni suscitaría entusiasmo. Sin embargo, la proclamó categóricamente, con vigor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24).

6. Las motivaciones para acoger en la propia vida la cruz y enseñar a acogerla

Ante todo, el camino de la cruz es el único que deben seguir todos los que quieran buscar sinceramente a Dios como discípulos de Cristo. No existe otro para alcanzar la santificación y la salvación. La cruz es el carné de identidad del cristiano, el sello de su autenticidad y «la divisa»13 de los seguidores de Jesucristo, Verbo encarnado, como la define el padre Pío en una carta.

La cruz es el único camino de salvación para los hombres y deben recorrerlo hasta el fondo sobre todo los que han sido llamados a una realización más íntima y perfecta de los misterios de Cristo. Esta es la doctrina evangélica, según el santo de Pietrelcina: «El grano de trigo no da fruto si no sufre, descomponiéndose; así las almas necesitan la prueba del dolor para quedar purificadas». «Para llegar a nuestro último fin es preciso seguir al jefe divino, el cual no quiere llevar al alma por ninguna otra senda que no sea la que él recorrió, es decir, la de la abnegación y la cruz».

El segundo motivo por el que se debe abrazar la cruz es porque Cristo caminó siempre con ella y sólo seremos dignos de él en la medida en que lo sigamos, participando de sus dolores. Vivir con Cristo en la cruz es el ideal más sublime de todo cristiano. Nunca subimos solos a ella. Cristo siempre camina delante de nosotros llevando su cruz y la nuestra, y guiando nuestros pasos, a menudo inciertos y vacilantes. Jesús no abandonará jamás a quien por su amor avanza cargado con su cruz y el alma atribulada no lo olvidará nunca; más aún, este pensamiento consolador le dará cada vez más fuerza para perseverar.

El padre Pío escribió: «Jesús está siempre con usted, incluso cuando le parece que no lo siente. Y nunca está más cerca de usted que en las luchas espirituales. Siempre está allí, cerca de usted, animándola a librar con valentía la batalla; está allí para parar los golpes del enemigo, a fin de que no le alcancen a usted». «No diga que usted es la única que sube al Calvario, y que se encuentra luchando y llorando sola, porque con usted está Jesús, que no la abandona nunca».

Conviene notar, por último, que en el lenguaje ascético tradicional ser víctima quiere decir entrega total para inmolarse habitualmente por amor al Señor. Supone una renuncia total y definitiva a todo lo que, de cualquier forma, pueda constituir un obstáculo a la voluntad divina; supone poder repetir en cada momento: «Hago siempre lo que a él agrada».

Es la experiencia del padre Pío: «Has de saber, hija mía, que yo estoy tendido en el lecho de mis dolores; he subido al altar de los holocaustos y espero que baje el fuego de lo alto para que se consuma pronto la víctima. Pide en tus oraciones que baje pronto ese fuego devorador».

El padre Pío encontraba fórmulas claras y sinceras, expresiones accesibles a todos, argumentos convincentes para recorrer el difícil camino del Calvario hasta unirse para siempre con Cristo en la gloria del Tabor. Sabía y repetía que el dolor no es apetecible de por sí, y que la naturaleza humana lo rechaza instintivamente como contrario a la felicidad. El cristiano lo acepta por motivos teológicos y sobrenaturales. Se esforzaba por hacer que las almas atribuladas lo comprendieran.

A una penitente anónima le aconsejaba: «No me parece mal que te quejes en los sufrimientos, pero desearía que lo hicieras ante el Señor con un espíritu filial, como lo haría un niño pequeño con su madre. No está mal quejarse, con tal de que se haga amorosamente; da alivio. Hazlo con amor y resignación en los brazos de la voluntad de Dios»

A menudo, el padre Pío utilizaba la imagen del Cirineo, que lleva la cruz de Jesús. Estimulaba y animaba a las almas a perseverar en el camino doloroso de la purificación y las pruebas, ofreciéndose él mismo a ser su cirineo, a llevar con ellas la cruz, más aún, a sustituirlas, tomando sobre sí el dolor y dejándoles a ellas todo el mérito. En realidad, su vida de crucificado le enseñó a ser cirineo de todos los crucificados.

En sus cartas a Cerase encontramos estas palabras: «Por mi parte, no puedo por menos de compartir de buen grado con usted el dolor que la oprime, pedir más asiduamente a Dios por usted y desearle que el dulcísimo Jesús le conceda la fuerza espiritual y material para atravesar la última prueba de su paterno amor a usted (...). ¡Cuánto quisiera estar cerca de usted en estos momentos para aliviar de alguna manera el dolor que la oprime! Pero estaré espiritualmente cerca de usted. Haré míos todos sus dolores y los ofreceré todos en holocausto al Señor por usted».

En la espiritualidad del padre Pío, el sufrimiento no es castigo, sino amor finísimo de Dios. Lo que ordinariamente aumenta la intensidad del dolor moral es la tentación, sutil, que lleva a las almas a creer que sus sufrimientos son un castigo infligido por Dios a causa de la infidelidad, una prueba más del mal estado de su conciencia y una demostración de que se han salido del camino recto de la salvación y la santificación. En estos casos, corresponde al director espiritual hacerles comprender que el estado que atraviesan no es ni castigo por las faltas o infidelidades, ni expiación por los propios pecados desconocidos, ni una venganza de la justicia divina. Al contrario, es una prueba del amor de predilección a las almas privilegiadas, elegidas para compartir los misterios dolorosos del Redentor.

A Erminia Gargani, en 1918, le escribe: «Cálmate y ten por cierto que estas sombras y estos sufrimientos tuyos no son un castigo condigno a tus iniquidades; ni eres impía, ni estás cegada por la malicia; eres una de las muchas almas elegidas a las que Dios prueba como al oro en el fuego. Esta es la verdad; y, si dijera lo contrario, no sería sincero e iría contra la verdad».

Y a Assunta Di Tommaso la exhorta así: «Este estado no es un castigo, sino amor, y amor finísimo. Por eso, bendice al Señor y resígnate a beber el cáliz de Getsemaní». Asimismo, son conmovedoras las palabras de aliento que dirige a María Gargani: «No temas porque te tiene clavada en la cruz: te ama y te está dando fuerza para sostener el martirio insostenible y amor para amar amargamente al Amor». «Ten gran confianza en su misericordia y bondad, pues él no te abandonará nunca; pero no por esto dejes de abrazar bien su santa cruz».


Santo Padre Pío, enseñame a llevar mi cruz con dignidad, Ayúdame a confiar en el Amor que Jesús me tiene, porque soy un pobre pecador indigno de tí, te ruego que me guíes con tu santa sabiduria para así, poder agradarle mas al Padre. Amén.