jueves, 22 de abril de 2010

El fruto del Espiritu es: Amor, elegria y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Galatas 5, 22-23.


JMS Oración de San Francisco
Alto y Glorioso Dios: Ilumina las tinieblas de mi corazón, dame una fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta y humildad profunda.
Dame Señor, comprensión y discernimiento para cumplir tu verdadera y Santa Voluntad. Amén.

La Resurrección de Cristo, en esta vida, es adelantar el gozo del paraíso.
Jesús nos sana, nos cuida, nos guía: está siempre presente entre nosotros con su poder.
Jesús verdadero Dios y hombre verdadero, siempre estará en medio de nosotros, para que aprendamos a vivir en Paz y perdón, anunciando La Misericordia que Dios nos ha regalado a través de su muerte y resurrección.


Una Historia para refleccionar

Esto ocurrió durante un mes de voluntariado en verano, fue en Nairobi(Kenia), un grupo de voluntarios universitarios viajó para ayudar, se hospedaron en un alojamiento para niños moribundos de las hermanas de la Caridad en Nairobi.
Todos entraron en aquella casa, un tugurio sin muebles, con poca luz. En las hamacas habia niños enfermos y lloriqueando con los limpísimos trajes talares blancos y azules de las hermanas de la Caridad, las que rebozaban de alegría, un muchacho se quedó bloqueado en mitad de la habitación, pues nunca había visto nada así, los demás se esparcieron por las estancias, siguiendo a las monjas que requerían su asistencia. una hermana se acercó al joven y le preguntó en inglés; Has venido a mirar o quieres ayudar?, sorprendido el joven contestó, -a ayudar. - Ves ese niño de allí, el del fondo que llora? el niño lloraba desconsoladamente, pero ya sin fuerza. -Si, ese. le dijo señalándolo. - Bien tómalo con cuidado y traélo lo bautizamos ayer. El niño tendría unos dos años, estaba con fiebre muy alta. - Ahora tomalo y dale todo el amor que puedas, dale todo el cariño que seas capaz de dar, a tu manera. entonces el muchacho se quedó con el niño, y la monja se retiró. El joven le cantó, lo beso, lo arrulló, y el niño dejó de llorar, le sonrió y se quedó dormido. Al cabo de un rato salio buscando, llorando a la hermana: -Hermana, no respira.. La monja certificó su muerte: -Ha muerto en tus brazos.. y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad.
Entonces el joven comprendió muchas cosas: el cielo, el amor de sus padres, el amor de Jesús, los detalles de afecto de los amigos, el viaje a Kenia, fue un antes y un después en la vida de él, ahora entendía que todos tenemos "Kenias" a nuestro alrededor para dar amor cada dia.
Nuestra Resurrección no es espiritualizarce egoístamente, sino, crecer en caridad, porque el egoísmo, estandarte de muerte, ya fue vencido por Cristo.
Solo si resucitamos podremos amar de verdad y llevar almas al cielo. Eso es Resucitar.

ORACIÓN PARA ALCANZAR LA HUMILDAD
(SANTA TERESA DE LISIEUX)

Jesús, cuando eras peregrino en nuestra tierra, Tú nos dijiste: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y vuestra alma encontrará descanso. Mi alma encuentra en Ti su descanso al ver cómo te rebajas hasta lavar los pies a tus apóstoles. Entonces me acuerdo de aquellas palabras que pronunciaste para enseñarme a practicar la humildad: Os he dada ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. El discípulo no es más que su maestro... Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. Yo comprendo, Señor, estas palabras salidas de tu corazón manso y humilde, y quiero practicarlas con la ayuda de tu gracia.

Te ruego, divino Jesús, que me envíes una humillación cada vez que yo intente colocarme por encima de las demás. Yo sé bien Dios mío, que al alma orgullosa tú la humillas y que a la que se humilla le concedes una eternidad gloriosa; por eso, quiero ponerme en el último lugar y compartir tus humillaciones, para tener parte contigo en el reino de los cielos.

Pero Tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana hago el propósito de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en Ti. Para alcanzar esta gracia de tu infinita misericordia, te repetiré muchas veces: ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!