domingo, 20 de marzo de 2011

La caridad de Cristo nos urge a trabajar con toda el alma, porque cada día el mundo entero sea más profundamente de Cristo."


JMS Orar es conformar nuestros quereres con el Querer Divino, tal como El se manifiesta en Sus Obras".. La oración es el aliento y reposo del espíritu. El apóstol ha de tener la fortaleza y paz de Dios porque es su enviado. Y sin embargo en la vida real con cuanta facilidad los ministros de Dios se hacen terrenos... Para hallar esa paz necesita el apóstol la oración, pero no una oración formulista; sino una oración continuada en largas horas de oración y quietud y hecha en unión de espíritu con Dios.
San Alberto Hurtado sj
"Un cristiano sin una preocupación intensa de amar, es como un agricultor despreocupado de la tierra, un marinero desinteresado del mar, un músico que no se cuida de la armonía. ¡Si el cristianismo es la religión del amor! Ya lo había dicho Cristo Nuestro Señor: El primer mandamiento de la ley es amarás al Señor tu Dios, con todo tú corazón, con toda tú mente, con todas tus fuerzas; y añade inmediatamente: y el segundo es semejante al primero, es amarás a tu prójimo como a ti mismo, por amor a Dios.
La buena nueva, es, pues, la unión de la humanidad entera con Cristo. Luego, no amar a los que pertenecen o pueden pertenecer a Cristo por la gracia es no aceptar y no amar al propio Jesucristo. Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo que se presenta bajo tal o cual forma, paciente en los enfermos, necesitado en los menesterosos, prisionero en los encarcelados, triste en los que lloran. Si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia.

Pero separar el prójimo de Cristo es separar la luz de la luz. El que ama a Cristo está obligado a amar al prójimo con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas. En Cristo todos somos uno. En Él no debe haber ni pobres ni ricos, ni judíos ni gentiles. Nuestro grito es hombres todos de la tierra, ingleses y alemanes, italianos, norteamericanos, judíos, japoneses, chilenos y peruanos reconozcamos que somos uno en Cristo y que nos debemos no el odio, sino que el amor que el propio cuerpo tiene a sí mismo. Qué se acaben en la familia cristiana los odios, prejuicios y luchas, y que suceda un inmenso amor fundado en la gran virtud de la justicia, de la justicia primero, de la justicia enseguida, luego aún de la justicia, y superadas las asperezas del derecho por una inmensa efusión de caridad.

No busquen la propia comodidad sino la justicia y el amor, nuestra sincera ambición debe ser constituir una gran familia; que la tierra y los bienes sirvan eficazmente a las necesidades de la colectividad, al bien común de los hermanos hijos de un mismo Padre, Dios, y de una misma Madre la Iglesia. Los egoísmos superados por la caridad. Y no sólo el no hacerse daño, sino el amor lleno de respeto, de cortesía, de delicadeza que hace bella la vida; el vínculo de la amistad, lo que no puede decirse más: la fraternidad con todas las delicadezas de hermanos.

Los que militan en bandos distintos, los que piensan diferente en los problemas humanos que, como hermanos se respeten. El católico no ve enemigos irreconciliables en los que piensan distinto de él, menos aún si son también cristianos ve hermanos, que en lo contingente, en lo opinable piensa diferentemente y recuerda la gran máxima de San Agustín: en lo esencial la unidad, en lo dudoso, la libertad y por encima de todo: la caridad, la caridad de Cristo que sabe respetar, sabe deponer prejuicios, sabe ceder de lo propio cuando lo pide el bien común, o lo solicita la Iglesia.

Este es el cristianismo auténtico que nos enseño Jesús, el gran Buen Samaritano que tomó en su cuerpo y en su alma los dolores del mundo enfermo y no dejó dolor sin aliviar, menos los propios. Para todos los demás tuvo palabras de amor y realidades. Pero esta comprensión ¿se habrá borrado del alma de los cristianos? ¿Por qué se nos hecha en cara que no practicamos la doctrina del Maestro, que tenemos magníficas encíclicas pero no las realizamos? Sin poder sino rozar este tema me atrevería a decir lo siguiente: porque el cristianismo de muchos de nosotros es superficial. Estamos en el siglo de los recodos, no de sabiduría, ni de bondad, sino de ligereza y superficialidad. Esta superficialidad ataca la formación cristiana seria y profunda sin la cual no hay abnegación. ¿Cómo va a sacrificarse alguien si no ve él por qué de su sacrificio? Si queremos pues, un cristianismo de caridad, el único cristianismo auténtico, más formación, más formación seria se impone. Los cristianos de este siglo no son menos buenos que los de otros siglos, Cuando hay fe, el gesto cristiano es el gesto amplio que comienza por mirar la justicia, toda la justicia, y todavía la supera una inmensa caridad.

En el fondo de cada uno de nosotros hay un inmenso egoísmo y lo único que nos puede dar certeza y alegría para superarlo es nuestra fe. Todo lo que debilita la fe, debilita a la Patria. Con humilde entereza, con inmenso reconocimiento a Cristo que depositó en nuestras almas el tesoro de verdad, pero con decisión inquebrantable hemos de ocupar el puesto que Dios y la Patria nos señalan. No hacerlo sería crimen contra Dios . Y como cada momento tiene su característica ideológica es sumamente consolador recordar lo específico de nuestro tiempo: el despertar más vivo de nuestra conciencia social, las aplicaciones de nuestra fe a los problemas del momento. La caridad de Cristo nos urge a trabajar con toda el alma, porque cada día el mundo entero sea más profundamente de Cristo."

San Alberto Hurtado S.J.

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